lunes, septiembre 7, 2026
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Hasta doce horas de oscuridad: Crisis eléctrica se agrava pese a promesas de inversiones

por Redacción web

Los apagones prolongados y sin previo aviso devuelven a Venezuela a una crisis eléctrica crónica que vulnera la salud, paraliza la economía doméstica y transforma la cotidianidad en una prueba de supervivencia extrema bajo el calor sofocante.

.- La penumbra en Venezuela rara vez se limita a la ausencia de bombillos encendidos; es una onda expansiva que trastoca cada dimensión de la vida humana. Cuando la crisis eléctrica que atraviesa Venezuela interrumpe durante media jornada o se prolonga por días enteros, como denuncian los habitantes del occidente del país, el tejido social e institucional se desmorona en silencio.

Lo que en otras latitudes se catalogaría como un apagón extraordinario, en territorio venezolano se ha normalizado como una rutina de desgaste, un recordatorio constante de que los servicios públicos fundamentales continúan pendiendo de un hilo.

El estado Zulia, epicentro histórico de esta tragedia energética que acumula más de quince años de deterioro, ilustra con crudeza la dimensión del problema. Aunque durante el año 2025 una aparente estabilización brindó un respiro temporal a sus habitantes, los últimos meses han traído consigo un repunte implacable.

Las promesas de modernización y las expectativas de nuevas inversiones tras la salida de Nicolás Maduro del poder chocan de frente con una realidad incuestionable: los transformadores siguen colapsando, las líneas de transmisión ceden y los cronogramas oficiales de racionamiento brillan por su ausencia, reemplazados por la incertidumbre absoluta.

El calvario doméstico: Sobrevivir entre la parálisis y el calor

En el sector Santa Clara, al norte de Maracaibo, Elianne Flores encarna la desesperanza de millones. Las altas temperaturas nocturnas convierten las viviendas en hornos insoportables, obligándola a buscar un soplo de aire durmiendo en un colchón junto a la puerta de entrada. Dentro de la casa, su esposo permanece confinado a una cama tras sufrir un accidente cerebrovascular que le paralizó la mitad del cuerpo, una condición agravada por la diabetes.

En teoría, el sector debería cumplir con un esquema de seis horas de racionamiento diario. En la práctica, el colapso del transformador que alimenta su hogar dejó sin corriente el refrigerador indispensable para conservar la insulina de su esposo. Para sortear el bloqueo de la desidia, la familia se ve obligada a tender una extensión eléctrica hacia la casa de un vecino que temporalmente cuenta con servicio.

“Como no hay electricidad, tenemos que sacar con un balde el agua del tanque y con un potecito bañar a mi esposo”, relata Elianne, a la agencia de noticias EFE, describiendo una dinámica donde la linterna y el esfuerzo físico extremo son los únicos instrumentos para paliar la precariedad.

Las tareas más básicas del hogar se convierten así en un ejercicio de resistencia titánico.

Una crisis sin tregua geográfica ni sectorial

El colapso eléctrico no discrimina regiones. A cientos de kilómetros de Maracaibo, en la capital del estado Falcón, el panorama es idéntico. El arzobispo de Coro, Víctor Hugo Basabe, denunció públicamente la interrupción abrupta del servicio eléctrico en plena jornada laboral, un corte que castigó a la ciudadanía bajo el rigor de las altas temperaturas propias de una zona costera.

“No tenemos tregua los venezolanos a ninguna hora ni ningún día”, sentenció el prelado a través de sus redes sociales, evidenciando el agotamiento colectivo.

Asimismo, la autoridad eclesiástica cuestionó con dureza las lecturas superficiales emitidas por algunos actores internacionales que minimizan la gravedad de los servicios públicos en el país, desconociendo el impacto real que la falta de energía genera sobre el comercio local, la administración pública y la paz mental de los ciudadanos.

Esta intermitencia crónica trasciende la incomodidad residencial para rozar sectores estratégicos. La industria petrolera nacional, motor histórico de la economía, demanda cantidades masivas de energía eléctrica para accionar taladros, sistemas de bombeo, estaciones de flujo y plantas de compresión de gas.

Ante las profundas limitaciones del Sistema Eléctrico Nacional, diversas operaciones dependen hoy de esquemas de autogeneración y turbinas propias para evitar el colapso total de los pozos. En medio de este escenario, crecen entre los ciudadanos las interpretaciones y suspicacias sobre si los severos racionamientos urbanos responden, parcial o totalmente, a la priorización de energía para mantener a flote la infraestructura de hidrocarburos, una hipótesis que, hasta el momento, carece de confirmación oficial por parte de Corpoelec o el Ejecutivo.

Entre la retórica oficial y la urgencia de respuestas

Frente a la presión ciudadana, la respuesta desde las altas esferas del poder mantiene viejos patrones argumentales. La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, atribuyó recientemente los cortes a factores externos, señalando el impacto del fenómeno climático El Niño, las sanciones internacionales y un presunto “sabotaje de mafias extremistas” molestas por los acuerdos petroleros con Estados Unidos.

Sin embargo, para la ciudadanía, adjudicar la responsabilidad exclusiva a terceros resulta inaceptable tras década y media de denuncias sobre falta de mantenimiento, desinversión, corrupción y desidia técnica. Los apagones no son un accidente meteorológico sobrevenido, sino la consecuencia estructural de un modelo de gestión incapaz de garantizar los mínimos vitales para la población.

Mientras los diagnósticos oficiales insisten en buscar culpables, los venezolanos continúan pasando las de Caín. La comida que se descompone en las neveras apagadas, los comercios que pierden inventarios enteros, los estudiantes desconectados de la red y los enfermos crónicos expuestos al peligro configuran un mosaico de vulnerabilidad que ninguna retórica gubernamental puede maquillar.

La crisis eléctrica en Venezuela exige mucho más que explicaciones coyunturales; demanda un compromiso técnico real, transparencia institucional y un cambio profundo que devuelva la luz a un país sumido, demasiado a menudo, en la más absoluta oscuridad.

EL REGIONAL DEL ZULIA

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