El terremoto ocurrido el 10 de agosto de 2026, considerado el más fuerte del siglo XXI en Colombia, ha dejado hasta el momento 287 personas muertas, 378 desaparecidas y 3.975 heridos, según los reportes oficiales. El sismo, de magnitud 7,4, se registró a las 7:34 de la mañana y tuvo una profundidad de 88 kilómetros, con epicentro en San José del Palmar (Chocó).
De acuerdo con testimonios de sobrevivientes, el movimiento telúrico duró menos de dos minutos, aunque muchas personas aseguraron que la sensación fue mucho más prolongada debido a la intensidad del evento. Las ciudades más afectadas incluyen Quibdó, Cali, Pereira y Manizales, donde se registraron graves daños en infraestructura y viviendas.

La Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) informó que el terremoto provocó el colapso de 127 edificios y daños en 76.500 viviendas. Además, resultaron afectadas 2.136 escuelas, 236 centros de salud, 71 acueductos, 250 vías y 5 aeropuertos, entre ellos el Aeropuerto Internacional Matecaña de Pereira.
Miles de familias quedaron sin hogar y enfrentan pérdidas materiales significativas. Las labores de búsqueda y rescate continúan en diferentes regiones del país, mientras organismos nacionales e internacionales apoyan la atención de la emergencia.
El director de la UNGRD, David Tamayo, explicó que, aunque la magnitud del sismo fue superior a la del terremoto del Eje Cafetero de 1999 (6,4 de magnitud), la profundidad de 88 kilómetros redujo parcialmente el nivel de devastación. En comparación, el terremoto de 1999 ocurrió a menos de 20 kilómetros de profundidad.
Colombia, ubicada en el denominado Cinturón de Fuego del Pacífico, mantiene una alta actividad sísmica. El temor de la población se había incrementado tras los devastadores terremotos registrados en Venezuela el 24 de junio de este año.
La espera de un milagro unió a esos héroes anónimos. En Cali ocurrió uno, el de Diana Marcela Troncoso, sacada por los bomberos de la ciudad y de Bogotá 30 horas después. En Pereira fue el de Daniela Largo, a las 36 horas. Cientos de personas en una calle de honor aplaudían al paso de la camilla.“¡Gracias, señor!”, gritaban. Los rescates fueron un elíxir: significaba que valía la pena seguir. Manuel López, un taxista de esa ciudad que se fue a sacar gente de los escombros, le dijo al periodista Jonathan Toro, de SEMANA: “Los míos ya están bien. Ahora hay que ayudar a otros a que lo estén también”.
Otro milagro inesperado fue el de Jessica Arias, la última desaparecida que buscaban en Chocó.La mujer le contó al periodista Camilo Galvis que su hija se fue de viaje a Medellín y la dejó sin las llaves del apartamento en Quibdó, que se vino abajo. Por eso le tocó dormir donde una amiga. Nunca estuvo bajo los escombros. “Dios nos está dando una oportunidad más de vida”, dijo.
Lo que no tiene nombre

En una tragedia, todas las víctimas duelen, pero hay historias que quedan clavadas en el alma, como la de Violeta y su abuela Amparo Jaramillo. La niña, estudiante de segundo grado, estaba de vacaciones en Cali en el conjunto Guadalupe. Su tío Juan Diego Peña contó que los pisos dos y tres colapsaron hasta el sótano, sepultándolas a ellas, que estaban en el primero.El primer día se oyó su voz y decenas de personas llegaron con ayuda. El miércoles se confirmó que fallecieron. El colegio donde la niña estudiaba en Bogotá escribió: “La recordaremos por el canto, el karate, su amor por el color morado, los gatos y el ramen. Siempre tenía algo amable para decir”.

Esas tragedias que no tienen nombre se alcanzaron a contar por decenas. “No existen palabras para explicar lo que significa perder así a una familia”, escribió la familia Saavedra pidiendo ayuda para Ana María, la única de las trillizas que sobrevivió. Sus padres, Vicky y Jairo, fueron encontrados abrazados. Su tío Diego y sus hermanas Sofía e Isabella también murieron. “Son trillizas. Llegaron juntas a este mundo y nunca se separaron”, narró la familia. Cada una de estas confirmaciones iba apagando la esperanza, que es lo único que sostiene a quienes sufren en momentos difíciles.