«Indescriptible». Así es la situación de quienes tienen que acercarse a la morgue temporal instalada en el Puerto de La Guaira. El escenario es devastador: Médicos forenses, vestidos con batas y gorros azules, caminan entre decenas de cuerpos dentro de bolsas plásticas apiladas en el suelo. Es el epicentro del dolor tras el violento doble sismo de magnitudes 7,2 y 7,5 que sacudió a Venezuela el pasado miércoles, 24 de junio, ensañándose con este estado costero vecino de Caracas.
A un costado de un toldo blanco que concentra las operaciones, un centenar de urnas de madera vacías esperan ser ocupadas; al otro, solo quedan escombros.
Aunque el último balance oficial registra 1.943 muertos, la cifra sigue en aumento y las capacidades técnicas están completamente colapsadas. En los primeros días, los fallecidos fueron llevados a los hospitales de la zona, pero las morgues hospitalarias no tardaron en saturarse, obligando a improvisar este centro de acopio forense al aire libre.
Historias de una tragedia familiar
El drama humano se multiplica con cada testimonio. Hay quienes lloran la pérdida de más de 20 miembros de su familia (entre primos, tíos y otros), mientras otros lidian con la imposibilidad de reconocer a los suyos «por lo descompuestos que están todos los cadáveres».
«Hay miles de muertos, parece una película de terror» relata uno de los tantos deudos apostados a las afueras del puerto.
Para Wilker Molalla, de 25 años, el tiempo parece haberse detenido en la larga fila de espera. Su familia, de 11 integrantes, vivía en un barrio de la localidad. Hoy, solo él y su hermano están vivos porque se encontraban trabajando al momento del sismo. «Mi familia está ahí, me dicen que ahí están mi hermana y sus hijos, pues, y los hijos de mi hermano»,, comenta resignado, aguardando el llamado para ingresar a la lona donde los peritos trabajan a contrarreloj.